Y desterrados Adán y Eva de el paraíso terrenal, Dios colocó al ángel con una espada llameante para guardar el camino que conducía al árbol de la vida.
Sus ojos helados se derritieron mientras le miraba y el oro se convirtió una vez más en líquido fundido que se derramaba en los míos y me quemaba con una intensidad sobrecogedora.